Serie: Lágrima | Tear

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el pájaro en la tormenta

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Ahí estaba él. José Julio. Y José Julio nunca se rinde. Era la única manera de cumplir su sueño. Esperar la tormenta era lo más cerca que podía estar. No por la lluvia, los rayos y los truenos. Por las olas. José Julio iba a esperar la ola más grande y cumplir de una vez por todas su fantasía. La fantasía que lo había alejado de sus amigos pájaros, la que lo había hecho el hazmerreír de los Palomos y la burla constante de las elegantes cigüeñas, que ahora le daban la espalda. Pero José Julio nunca se rinde.

La gran ola se asomaba en el horizonte. Podía sentirla. Las plumas de sus alas temblaban de emoción y sus patas se aferraban a la fría roca. A unos cinco metros, la ola ya era un coloso. José Julio hinchó el pecho, miró hacia el cielo como despedida y levantó vuelo, apretó bien el pico y haciendo giros en el aire entró en la gran ola.

José Julio no era un pájaro cualquiera. No le interesaba volar ni cazar gusanos, él quería ser algo más que un ave tradicional, él quería entender el mundo.

José Julio aguantó la respiración, a su lado pasaban un montón de cosas a gran velocidad, muchas más que en el cielo o en las aburridas fiestas de los tucanes que no hacían otra cosa más que mostrar sus patéticos colores.

Algas, burbujas, cangrejos, medusas. Y entonces los vio.

José Julio estaba preparado para esto hacía mucho tiempo; sacó sus patas de rana, su pequeño snorkel, tomó coraje y se unió al cardumen. Iban a toda velocidad haciendo zig zag y él mantenía su acelerado ritmo. José Julio miró a través del agua el reflejo del sol y después el cielo, sonrió y recordó. Por fin había logrado lo que quería hacer hacia muchos años. Miro a su alrededor, ya había perdido las patas de rana en las fuertes corrientes y el snorkel se hundía en las profundidades del océano, respiro hondo y exhaló con tranquilidad, por primera vez en la historia de las aves, José Julio se había convertido en un pez.

un túnel verde

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A veces es necesario perderse.
Se puso el gorro de paja y salió a caminar.
Caminó mucho hasta que las piernas se le adormecieron.
Se detuvo. Respiró y miró hacia los costados.

Era un túnel verde con sonidos extraños, una sinfonía de bichos peludos, alguaciles, chicharras y arañas… serpientes, cocodrilos, tortugas… y por momentos el golpeteo de algún pájaro carpintero o el rugido de alguna pantera negra que acechaba muy cerca de aquel lugar extraño.

Hacía tiempo que no veía algo así, raro, diferente a todos los días.

Se sacó el gorro de paja, se limpió el sudor de la frente.
Miró sus pies sucios y entonces recordó, con una sonrisa, por qué había salido a caminar…