cuentos

“Celare”

Por Santiago Ventura

Rojo, amarillo, verde. Crucé la calle y los autos frenaron. Me sentía importante, todas esas personas esperando a que yo cruzara. Miré al cielo y, allá arriba, donde los edificios terminaban, todavía había luz. Siempre odié los edificios altos, siempre odié las sombras de los edificios altos. Una señora me pechó, tuve que pedir disculpas por distraído e intentar explicarle que todo era por culpa de los edificios. Llegué a la acera de enfrente. Un viejo no vidente hacia ritmo con su bastón: tic, tac, tac, tic. Verde flúor, los números de mi reloj marcaban las doce del mediodía. El viejo esperaba para cruzar, me acerqué a su oído y le susurre “puede”. El viejo, como si me estuviera esperando, sonrío y cruzó la acera. Sonreí. Saqué un cigarrillo y lo prendí triunfante, me sentía una buena persona, sin duda que lo era. La gente frenaba para que yo pasara y ayudara a los necesitados: ¡qué más quiere uno! Amarillo, los números del ascensor se sucedían uno tras otro: 3, 2, 1. Se abrió la puerta. En el pasillo había olor a guiso. Rojo, 3, 2, 1. El microondas hizo un fuerte pitido, como de chifle. Abrí la puerta y saqué el plato de fideos. Quería hacer un estofado, así que agarré la carne, la cuchilla y comencé a cortar los trozos. Escuché un fuerte ruido proveniente de la calle, me asusté y grité. El plato de fideos se deslizó por el mármol de la cocina, planeó en el aire y cayó al piso. El utensilio de porcelana se rompió en mil pedazos al contacto con el suelo. Luego, caí sobre los fideos, la cuchilla saltó por los aires, se detuvo en la atmósfera, brilló brillantemente y me cayó encima. Miré por la ventana: mucha gente, un ómnibus parado en el medio de la calle, una ambulancia, dos paramédicos y una bolsa negra. Debajo del ómnibus un bastón. “Pip”, escuché el ruido del chifle del policía de tránsito. Me dolía el estomago y no entendía por qué. Me levanté con mucho esfuerzo, sentía puntadas en el abdomen, dolía. Me recosté en el sillón, bostecé y me quedé dormido.

Ese día me levanté y comencé a sangrar pintura. Me asusté. Era demasiada pintura. Pensé que me iba a desangrar. Se mezclaban los colores. Demasiados colores. Nunca pensé que pudiera llegar a haber tanta variedad. Los amarillos fornicaban alegremente con los azules y parían verdes. El amarillo y el naranja se confundían con mi piel. No sabía si mi cuerpo era cuerpo o era sangre. Caminé por la habitación, que nunca había estado tan colorida. Me apoyaba en las paredes a causa del dolor y la fatiga. Así comencé a pintar. Primero las paredes: azules, verdes y violetas. Seguí con el piso: turquesas y lilas. Luego el techo: púrpura. Pero los colores se mezclaban. Era mucha pintura, demasiada. La pintura bajaba por las escaleras, salía a la calle, pintaba a las veredas, a los autos y a los niños. Se trepaba a los árboles, nadaba en los ríos, buceaba en el mar y navegaba en el océano. Escalaba montañas.  Pintaba islas, ciudades, toda Europa, el blanco de los polos, el mundo entero. Tanta pintura, y tan diferente, que pintaba de azul y enseguida se volvía negro, tras mezclarse con los demás colores. Así sucedía con cada cosa que pintaba: las persianas, mis pantuflas de cuero, mi gato Arturo. Hasta el café quedó más negro. Todo negro. Las luces de las ciudades comenzaron a apagarse, las lagunas parecían no tener fondo, las ovejas parecían de carbón, las nubes  eran de tormenta. El sol comenzó a perder su luz, el día empezó a transformarse en noche, la luna era un eclipse vivo. Entonces todo quedó en penumbras y deje de ver. Un día me levanté y sangré pintura. El mundo perdió su color.

Montevideo, 2011

 

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