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Esta vez ya había pasado Navidad. A menudo, en Nochebuena, el hombre confundía los fuegos artificiales con explosiones, las cañitas voladoras con bombas y otras tantas veces confundía el lamento de los gatos asustados abajo de las mesas con el agudo llanto de un bebe. Gastón confundía a menudo un montón de cosas; la noche con el día, el cielo con el agua. Pero la Navidad ya había pasado. Ahora podía orientarse mejor, podía escuchar los pájaros, el paso suspendido de su gata Carla, e incluso, si se esforzaba un poquito, podía llegar a ver el reflejo del sol, en la cuenca profunda de sus ojos ciegos.

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